La Cuarta Flota despliega en el Caribe su mayor operación militar en décadas. Para Washington, Maduro dejó de ser un dictador: es un “jefe narcoterrorista prófugo de la Justicia”. El chavismo prepara su defensa para mantenerse a flote una vez más
Hace años que Venezuela vive en el mismo loop: la resignación ante el control absoluto que exhibe el régimen se ve sacudida por la irrupción de algo nuevo, que genera una expectativa de quiebre, hasta que la crisis es reprimida —de forma cada vez más brutal—, el control vuelve a ser total y la resignación se impone otra vez. La última vez fue el 28 de julio de 2024, cuando Nicolás Maduro le arrebató de forma escandalosa la elección a Edmundo González Urrutia. Lo grotesco e indisimulado del fraude, acompañado de la desaparición de decenas de dirigentes opositores de primera línea, barrió con toda esperanza de transición.
Un año después, el ciclo vuelve a comenzar. Y parece la repetición de algo que ya se ha visto muchas veces. Por eso, las noticias se pierden entre tantas otras que tratan de contar al menos una parte de lo mucho que está ocurriendo en la escena global. Pero es un error. La película que se está proyectando en las aguas del mar Caribe es inédita. No sabemos cuál será su desenlace ni si desembocará en un cambio de régimen. Cuando se trata de Venezuela, la apuesta más segura es siempre por la supervivencia de la hegemonía chavista. Pero estamos presenciando algo que no habíamos visto antes.
En esta historia hay dos personajes clave. El primero es Donald Trump, el presidente más poderoso en décadas, entendiendo por poderoso a alguien con una enorme vocación y capacidad de torcer el curso de los acontecimientos. El otro es Marco Rubio, que, con el aval de Trump, concentra un poder como pocos funcionarios en la historia reciente de Estados Unidos. Rubio es, al mismo tiempo, secretario de Estado y asesor de Seguridad Nacional: los dos cargos que ostentó en distintos momentos Henry Kissinger, y que concentran toda la política exterior de Estados Unidos, tanto la diplomática como la estratégica.
Rubio, hijo de exiliados cubanos, lleva años convencido de que el régimen de Maduro no es solo una tragedia regional, sino una amenaza directa para la seguridad de Estados Unidos. Y, como tal, debe ser desmantelada. La obsesión de Rubio con los regímenes de Cuba y Venezuela encontró en la obsesión de Trump con los carteles latinoamericanos la fuerza necesaria para presionar a Maduro de una forma que no había sentido antes.