En los meses previos al golpe, Isabel Perón pidió una licencia médica y debió internarse por un cuadro de anemia. Pesaba apenas 43 kilos, por lo que tuvo que cambiar de médico de cabecera. “Le dolía todo, en medio del desorden que se vivía en el gobierno”, decía el informe.

Isabel Peron en octubre 1975 en Asconchinga, Córdoba, seguida por su custodio personal Rafael Luisi, el secretario de Deportes Pedro Eladio Vázquez, el doctor Carlos Garbelino (en el círculo negro) y la enfermera presidencial Norma Bailo
Los testimonios del cardiólogo Carlos Garbelino y la enfermera Norma Bailo y el recuerdo de su último día de trabajo
Hace 50 años, mientras el gobierno constitucional agonizaba, la salud de Isabel también comenzaba a deteriorarse. En medio de la crisis política del país, el justicialismo y el radicalismo intentaron articular una salida conjunta, impulsando la multipartidaria, cuyas cabezas visibles eran el peronista Deolindo Bittel y el veterano Radical Ricardo Balbin. Cómo fueron los últimos días de la presidenta en el poder y de qué manera el contexto político afectó su salud. “Me dijo que no quería seguir más, que quería renunciar”, recuerda su enfermera Norma Bailo.
A los 78 años, el 12 de octubre de 1973, Juan Domingo Perón asumió la presidencia de la Nación por tercera vez. A poco de asumir, y como consecuencia de una grave afección cardíaca, sufrió un edema agudo de pulmón el 21 de noviembre de ese mismo año, en su casa de Gaspar Campos, en Vicente López. Ante esta situación, su médico de cabecera Pedro Cossio conformó un equipo médico de siete cardiólogos para asistirlo de manera permanente. El secretario de Estado de Salud, Domingo Liotta, coordinaba al grupo integrado por los doctores Alberto Tamashiro, Ángel Carlos Scandroglio, Guillermo De Elizalde, Arturo Miguel Cagide, Carlos Garbelino y Raúl Luis Cermesoni, entre otros profesionales. Este equipo también estaba integrado por el cardiólogo Carlos Garbelino, recibido en la Universidad Católica de Córdoba, y la enfermera Norma Bailo, especializada en cardiología. Ellos fueron dos de las personas que acompañaron al presidente Perón en sus últimos momentos.
“El domingo 30 de junio de 1974 estuve de guardia y falleció el lunes 1 de julio”, señala Garbelino. “Ese día entregamos la guardia a las ocho de la mañana y volvimos al Hospital Italiano. Estaba haciendo circulación extracorpórea cuando me enteré de que el General se había descompuesto”. Bailo fue la última que escuchó la voz del anciano líder diciendo “esto se acaba”. Perón sufrió un paro cardíaco en su habitación de la quinta de Olivos. Durante tres horas, desde las 10.15 hasta las 13.15, realizaron todas las maniobras de reanimación posibles. Su equipo médico intentó reanimarlo, incluso mediante la colocación de un marcapasos. Un electroencefalograma confirmó finalmente la ausencia de actividad cerebral. “Fue tan tenso y tan difícil que llorábamos como chicos”, recuerda Garbelino. El doctor había ingresado al Hospital Italiano, donde conoció a Domingo Liotta, secretario de Salud Pública de la Nación y a Norma Bailo, enfermera de dicha institución. “Nunca imaginé en mi vida, que iba tener un paciente, de la envergadura tan grande, como fue el General”, asegura Garbelino.

Carlos Garbelino, en el círculo negro, a espaldas del general Perón en la asunción presidencial, en el teatro Colón
El equipo médico de Isabel
Tras la muerte de Perón, el mismo equipo médico fue convocado para acompañar el cuidado de salud de la presidenta María Estela Martínez de Perón hasta el final del gobierno constitucional. “Nos llamaron para cuidar a la Presidenta hasta el golpe de Estado de marzo de 1976”, explica Bailo. La enfermera, nacida en Tres Arroyos en 1940, había iniciado su carrera en las guardias del Hospital Italiano, donde recibió la propuesta de integrarse al equipo médico que asistía al general Perón. Al mismo se incorporó el doctor Aldo Fontau. El médico de cabecera de la señora de Perón no era el doctor Cossio sino el secretario de Deportes del gobierno peronista, Pedro Eladio Vázquez.
En un principio, la situación de Isabel era muy distinta: su estado de salud era estable. “Era una persona sana, que solo tenía presión baja”, indica la enfermera. Su rutina incluía caminatas por la quinta, generalmente acompañada por sus colaboradores, según recuerdos de Garbelino.
Durante los primeros diez meses tras la muerte de Perón, su salud se mantuvo sin mayores complicaciones. Sin embargo, a partir de junio de 1975, tras el Rodrigazo y el agravamiento de la crisis política y militar, su estado comenzó a deteriorarse, rememora Norma. El estrés político tuvo un fuerte impacto, afirma su cardiólogo. Ante este cuadro, el equipo médico, liderado por Pedro Eladio Vázquez, recomendó que se tome licencia en su cargo de presidenta y su inmediato traslado a Córdoba para realizar reposo absoluto.

María Estela Martínez de Perón junto a su esposo el general Juan Domingo Perón
Debido al gran estrés que sufría y al deterioro de su salud, el doctor Pedro Eladio Vázquez y todo el equipo médico le recomendaron pasar una temporada de descanso en Ascochinga, Córdoba. En septiembre de 1975, la Presidenta solicitó licencia médica e Italo Luder, presidente provisional del Senado, fue el encargado de reemplazarla. Antes de viajar a Córdoba, Isabel dio un discurso para despedirse de los trabajadores: “Una pequeña despedida para poder descansar, porque este año ha sido un año muy fuerte y muy duro para cualquier ser humano, sea hombre o sea mujer. No puedo decirles, sino que hasta muy prontito, si Dios quiere, en que vendré con renovados bríos y con unos kilos de más”.
El doctor Garbelino y la enfermera Bailo viajaron con ella y rememoran aquellos días tranquilos, “en los que salíamos a caminar y jugábamos a la canasta”. Sus días transcurrían entre caminatas y tardes en el sillón de su habitación, donde miraba revistas y televisión. “No sé si había sido deportista ella o le gustaba el baile y todo eso, ella no podía quedarse quieta, así que caminaba mucho en el golf con nosotros, con el grupo”, recuerda Martha Córdoba, administradora de Ascochinga.
Esos días también contaron con la presencia de las mujeres de los comandantes de las Fuerzas Armadas, Alicia Hartridge de Videla, Delia Viera de Macera y Lía González de Fautario, quienes la “vigilaban” mientras ella intentaba desconectarse de los problemas del gobierno. “Más que contenida, Isabel estaba vigilada”, afirma Bailo.
Tras un mes de licencia, Isabel reasumió la primera magistratura del país festejando el 17 de octubre de 1975 en Plaza de Mayo, a pesar de que un sector del justicialismo denominado el antiverticalismo, encabezado por el gobernador de Buenos Aires Victorio Calabró, entre otros, presionaba a la viuda de Perón para que renunciara y siguiera en la presidencia Ítalo Luder. Pero Isabel se negó y en una audaz jugada política adelantó la elección presidencial para octubre de 1976. Sin embargo, su reincorporación a las funciones presidenciales se vio nuevamente alterada por una recaída en su salud a principios de noviembre de 1975.

En septiembre de 1975, luego de la crisis militar la señora de Perón se tomó una licencia en Ascochinga, Córdoba, y el senador Ítalo Luder la reemplazó. Su retorno al poder en octubre marcó el comienzo de la conspiración y en marzo del año siguiente fue derrocada
Un cuadro de anemia y sus apenas 43 kilos hicieron que Isabel cambiara de médico de cabecera. Pedro Eladio Vázquez fue reemplazado por el doctor Aldo Calviño, vinculado a Lorenzo Miguel y a la UOM. De acuerdo al diagnóstico realizado por Calviño, Isabel presentaba problemas en la vesícula, el estómago, el intestino y el páncreas. “Le dolía todo, en medio del desorden que se vivía en el gobierno”, señala. También había adelgazado considerablemente: apenas pesaba 41 kilos. “Estaba muy presionada”, resume el médico. Finalmente, Isabel fue internada por decisión médica en la clínica de la Pequeña Compañía de Jesús.
Norma Bailo estuvo a cargo de su cuidado durante esos días. “Durante esa internación, un día a la noche estaba con ella, le habían traído un vestido para salir en televisión y me dijo que no quería seguir más, que quería renunciar”, relata. “Llegó un momento en que le dije: ‘Señora, haga lo que su corazón le dice. No se exija más’. Y entonces me respondió: ‘Tenés razón’”. Sin embargo, no pudo continuar a su lado. Según cuenta, su entorno la apartó al advertir que estaba alentando a Isabel a tomar la decisión que deseaba. “Me llevaron a otro lugar del sanatorio y, al rato, la vi salir por televisión reafirmando su decisión de seguir en la presidencia”, agrega.
Fue su secretario, Julio González, quien la convenció de seguir. Bailo sostiene hasta hoy que Isabel estaba fuertemente presionada y que su verdadero deseo era dejar el cargo. Por su parte, Garbelino señala que la Presidenta “tenía un cuadro de salud emocional del que logramos que se repusiera”.
El jueves 13 de noviembre fue dada de alta. A los días de su recuperación, realizó una reunión junto a su gabinete en la quinta de Olivos, en los días posteriores recibió al Consejo Superior del partido peronista y a las 62 organizaciones, encabezada por su titular Lorenzo Miguel, y el 26 retornó a la Casa Rosada. Además, pudo recuperar medianamente su peso y eso ayudó a la mejoría general del cuadro médico.

Isabel Perón encabeza el acto del 17 de octubre de 1975, acompañada por Esther Fadul de Sobrino, Ítalo Luder y Pedro Eladio Vázquez
Los días finales
En medio de la crisis política, los días 20 y 21 de marzo, el justicialismo y el radicalismo intentaron articular una salida conjunta que permitiera preservar el proceso institucional. En ese marco, impulsaron la convocatoria a una Multipartidaria que reuniera a las principales fuerzas políticas. Deolindo Bittel y Ricardo Balbín fueron los principales representantes de esta iniciativa, orientada a conformar una comisión bicameral. El objetivo era anticiparse a una profundización de la crisis y sostener la continuidad del orden democrático.
Si bien el golpe de estado era inminente, Garbelino y Bailo no se quisieron ir y la acompañaron hasta su último día como Presidenta. Isabel llegó a ese momento físicamente endeble, pero con la moral intacta. “No iba a claudicar porque eso hubiese sido traicionarlo a Perón”, afirman.
“A mí me tocaba la guardia y cuando llegué a Olivos me dijeron que la señora no necesitaba más cuidados de enfermería y que estaba muy bien protegida”, detalla Bailo. “Me tuve que volver. Ahí terminó mi función”.
Por su parte, Garbelino se topó con los militares cuando iba a la quinta de Olivos. “Cuando fui en mi Fiat 600, vi los tanques del Ejército”. En ese momento, un oficial le indicó que volviera al Ministerio de Salud y “a los diez días, nos echaron y nos prohibieron ocupar cargos públicos durante toda la dictadura militar”, concluye el médico.
Tanto Garbelino como Bailo la acompañaron hasta que el 24 de marzo de 1976 la Presidenta fue detenida por los militares que dieron el golpe de Estado y la trasladaron detenida a la provincia de Neuquén, a la residencia El messidor. A pesar de sus achaques físicos, llegó a aquel fatídico día con la moral firme, sabiendo lo que se le venía, afirman ambos.
Garbelino y Bailo guardan un gran recuerdo de su trabajo junto a Perón e Isabel. Tanto el general como la señora eran personas muy sencillas. Ambos acompañaron al matrimonio en contextos sumamente complejos, hasta que el golpe militar terminó por distanciarlos y nunca mas pudieron reecontrarse con la ex presidenta, Bailo aún rememora esa experiencia con afecto y destaca el cariño que conserva por la ex Presidenta, al igual que Garbelino, quien expresa: “Ojalá todavía nos recuerde”.
A 50 años del inicio de la dictadura militar, sin quererlo ni soñarlo, la enfermera Norma Bailo y el doctor Carlos Garbelino pasaron a ser testigos privilegiados de la historia argentina.