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Catamarca es una de las provincias más grandes del noroeste argentino. Tiene dos caras bien distintas. Por un lado, San Fernando del Valle, la capital, con sus plazas, museos y la Basílica de la Virgen del Valle. Por el otro, el interior profundo, con valles, sitios arqueológicos y pueblos originarios que mantienen sus tradiciones desde hace siglos.

 

Si sacas pasajes a Catamarca, tenés casi 300 kilómetros hasta Belén. El pueblo tiene 1.400 metros de altura y es la cuna del poncho. Ahí, los diaguitas ya tejían desde antes de que llegaran los incas. 

Podés visitar la Ruta del Telar, que reúne más de cincuenta postas de artesanos distribuidas por todo el departamento. El tejido se hace con técnicas transmitidas de generación en generación, con tintes naturales de cáscara de nuez, yerba mate o remolacha. 

En la localidad de Londres, a 15 kilómetros de Belén, está El Shincal de Quimivil. Es uno de los sitios arqueológicos incaicos más completos del país y fue declarado Monumento Histórico Nacional en 1997. Lo construyeron los incas entre 1471 y 1536 como capital administrativa de una provincia del Tawantinsuyu. 

Tiene su plaza central con ushnu —el altar desde donde se presidían las ceremonias—, dos cerros aterrazados con escalinatas que se orientan al sol, un sistema de riego de tres kilómetros, veinte depósitos y casi cien de recintos de piedra en 30 hectáreas. El Inti Raymi se celebra ahí cada 21 de junio. 

También podés visitar el valle de Hualfín, a unos 50 kilómetros al norte de Belén por la misma ruta. Ahí están el Pucará de Hualfín, yacimientos arqueológicos dispersos entre viñedos, y unas termas a pocos kilómetros del pueblo.

Catamarca tiene mucho para ofrecer. Paisaje, historia, y cultura viva se reúnen en el territorio y ofrecen una experiencia única de viaje.